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  • MUNDO
  • Por Ramón Zenteno

La historia detrás de la singularidad de Lula da Silva

En medio del fervor electoral en Brasil, un rasgo distintivo del presidente Lula da Silva ha resurgido en la conversación internacional: la falta de su dedo meñique de la mano izquierda. Esta peculiaridad, lejos de ser un simple detalle, esconde una historia que revela los desafíos de su juventud y su ascenso como líder político en la región.

El infortunado accidente que le costó su dedo ocurrió en 1964, cuando tenía solo 17 años y trabajaba como tornero mecánico en una industria metalúrgica de São Paulo. Durante un turno nocturno, un compañero descuidó un soporte pesado, lo que llevó a que una máquina aplastara su dedo meñique izquierdo en un instante.

Las deficiencias en el sistema de salud de aquel entonces agravaron su situación. Lula no recibió atención médica hasta horas más tarde, y cuando finalmente fue atendido, la lesión ya era irreversible. Recordando el momento, Lula mencionó la fría respuesta del médico de guardia, quien le restó importancia a su dolor con una frase que marcó su vida: “¿Para qué necesita 10 dedos un peoncito?”

La pérdida de su dedo no solo fue un golpe físico, sino también emocional. Lula admitió que durante mucho tiempo se sintió avergonzado, ocultando su mano en los bolsillos o cubriéndola con una toalla para evitar las miradas de los demás. Sin embargo, con el tiempo, esta marca se transformó en un símbolo de su identidad política.

De la lucha obrera a la presidencia

A finales de los años 60, Lula se destacó como líder del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo. Su experiencia como trabajador industrial, marcada por el esfuerzo físico y las cicatrices de su pasado, le otorgó una autenticidad que resonaba entre los obreros, distanciándolo de las élites tradicionales.

A medida que superó los retos de su nueva realidad, como aprender a realizar tareas cotidianas sin asistencia, la imagen de su mano se convirtió en un ícono internacional. Actualmente, más de seis décadas después de aquel trágico incidente, la ausencia de su dedo no es motivo de vergüenza, sino un recordatorio de los humildes orígenes de un hombre que ha llegado a ser presidente en varias ocasiones.