El Super Niño podría intensificar sequías e incendios en el Chaco boliviano

La vigilancia meteorológica en Bolivia se intensifica ante la inminente consolidación del fenómeno conocido como Super Niño, previsto para el segundo semestre de 2026. Este evento climático podría extenderse hasta principios de 2027, trayendo consigo condiciones adversas que aumentan el riesgo de sequías e incendios en varias zonas del país, especialmente en el Chaco.
Históricamente, el fenómeno de El Niño ha causado significativos daños en Bolivia durante años como 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016, resultando en pérdidas millonarias, así como en la disminución de ganado y el secado de fuentes de agua vitales. Las anomalías en la temperatura del océano Pacífico ecuatorial son indicativas de este fenómeno, aunque se requiere más tiempo para confirmar su establecimiento definitivo.
Las predicciones climáticas sugieren que el Super Niño podría ser de gran magnitud, con temperaturas superiores a 2 °C respecto a los promedios normales. Mientras el altiplano sufre de heladas, el oriente y, en particular, el Chaco, experimentan un aumento de temperatura y sequedad.
El Chaco, que comprende provincias de Tarija, Santa Cruz y Chuquisaca, es una de las áreas más vulnerables, con una esperada disminución en las lluvias y un aumento de calor extremo. Los municipios de Villa Montes, Yacuiba y Caraparí podrían ver un incremento de las temperaturas, lo que favorece la propagación de incendios y dificulta la recuperación de los recursos hídricos.
Expertos advierten que la combinación de vegetación seca y vientos fuertes en el Chaco crea un entorno propicio para incendios forestales. Por ello, se insta a la población a usar el agua de manera responsable, evitar las quemas agrícolas, y a reportar cualquier foco de incendio.
Desde las últimas décadas, la recurrencia de fenómenos como El Niño ha exacerbado las crisis en el Chaco. Las elevadas temperaturas y la drástica reducción de las lluvias han afectado gravemente a la economía local, especialmente en la agricultura y la ganadería, aumentando la vulnerabilidad de estas comunidades ante futuros eventos climáticos sin las infraestructuras adecuadas para hacer frente a tales situaciones.